Un archivo que permite escuchar un mundo que ya desapareció
Mucho antes de que existieran los discos compactos, las plataformas de streaming o incluso los discos de vinilo, la humanidad comenzó a experimentar con una idea que parecía casi imposible: capturar y reproducir el sonido.
Entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, los cilindros de cera se convirtieron en uno de los principales soportes utilizados para registrar voces, canciones, discursos, relatos y expresiones culturales. Algunos de esos objetos sobrevivieron durante más de un siglo y terminaron en las colecciones de instituciones como la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.
La institución conserva más de 10.000 cilindros y grabaciones basadas en cilindros, una parte importante de ellos relacionada con registros etnográficos realizados desde la década de 1890. El material incluye voces y tradiciones de comunidades indígenas estadounidenses, además de otros registros de carácter cultural e histórico.
Sin embargo, existe una precisión importante: hablar de una reciente “finalización de la digitalización de los más de 10.000 cilindros” simplifica demasiado una historia de preservación que comenzó hace décadas y que ha utilizado diferentes tecnologías a lo largo del tiempo.
Los cilindros de cera fueron una revolución tecnológica
Para entender la importancia de este archivo hay que regresar al nacimiento de la grabación sonora.
El fonógrafo de cilindro fue desarrollado a finales del siglo XIX y evolucionó rápidamente. Los primeros sistemas de Edison utilizaban inicialmente materiales diferentes, pero las mejoras de Alexander Graham Bell, Chichester Bell y Charles Sumner Tainter ayudaron a introducir el uso de la cera y un sistema de grabación más eficaz.
El principio era relativamente sencillo, aunque extraordinariamente ingenioso para su época.
Una persona hablaba o cantaba frente a una especie de embudo. Las ondas sonoras hacían vibrar un diafragma conectado a un estilete. Mientras el cilindro giraba, el estilete producía pequeñas variaciones físicas sobre su superficie.
De esta manera, las vibraciones del sonido quedaban literalmente inscritas en el material.
Para reproducirlas, el procedimiento se invertía: una aguja seguía las irregularidades de la superficie y las vibraciones resultantes se transmitían nuevamente al sistema acústico.
La Biblioteca del Congreso explica que durante la llamada era de la grabación acústica, aproximadamente entre la década de 1890 y 1925, las grabaciones se realizaban mediante procedimientos mecánicos y sin micrófonos ni amplificación eléctrica.
Eso significa que una grabación de aquella época no era simplemente una versión antigua de una grabación moderna. El propio método de captura condicionaba profundamente el sonido.
Más de 10.000 cilindros y una historia que comenzó en el siglo XIX
La colección de cilindros de la Biblioteca del Congreso tiene una particularidad que la convierte en un patrimonio extraordinario: una parte importante de sus registros procede de trabajos de documentación etnográfica.
El American Folklife Center recibió a lo largo de las décadas numerosas grabaciones realizadas durante investigaciones de campo. Algunas documentaban canciones, historias y lenguas de comunidades indígenas de Estados Unidos.
La Biblioteca señala que los materiales conservados en estas colecciones fueron registrados aproximadamente desde 1890 hasta la década de 1930. En el caso de los cilindros relacionados con las comunidades indígenas, muchos fueron realizados durante las décadas finales del siglo XIX y las primeras del XX.
Uno de los antecedentes más importantes se remonta a 1890, cuando Jesse Walter Fewkes realizó grabaciones de campo de integrantes de la comunidad Passamaquoddy en Maine. Estas se encuentran entre las primeras grabaciones etnográficas conocidas realizadas sobre cilindros de cera en Estados Unidos.
Por eso, estas piezas no deben entenderse únicamente como objetos musicales antiguos.
En muchos casos son documentos históricos únicos.
Una fotografía puede mostrar cómo era una persona, una comunidad o un lugar. Un documento escrito puede registrar sus palabras. Pero una grabación permite conservar algo todavía más difícil de recuperar: la voz, la pronunciación, la entonación, el ritmo y determinadas formas de expresión oral de una época.
La importancia de las comunidades indígenas
Uno de los aspectos más relevantes de este patrimonio es su relación con las comunidades indígenas estadounidenses.
La Biblioteca del Congreso ha explicado que aproximadamente 80 % de sus más de 10.000 grabaciones en cilindros documentan tradiciones cantadas y habladas de comunidades indígenas estadounidenses, de acuerdo con material histórico sobre el Federal Cylinder Project.
Esto convierte a la colección en una fuente excepcional para investigadores de historia, antropología, lingüística, etnomusicología y estudios culturales.
Pero también plantea una cuestión fundamental: ¿quién tiene derecho a acceder y decidir sobre estos registros?
No se trata solamente de digitalizar objetos antiguos y colocarlos en internet. Muchas grabaciones contienen conocimientos, canciones, ceremonias, relatos y expresiones pertenecientes a comunidades concretas.
Por esta razón, el trabajo de la Biblioteca del Congreso también ha incluido esfuerzos para reconectar las grabaciones con las comunidades de origen y proporcionar copias a estas comunidades. El Federal Cylinder Project, iniciado en 1979, fue concebido precisamente para preservar, documentar, catalogar y facilitar la difusión de la información contenida en estos primeros registros.
Una carrera contra el deterioro
El problema es que la tecnología que permitió conservar aquellas voces también creó un nuevo desafío: los cilindros no duran para siempre.
Los cilindros de cera son extremadamente frágiles. Pueden romperse, deformarse o sufrir alteraciones químicas. La Biblioteca de Congreso explicó que algunos materiales estaban hechos de emulsiones que podían deteriorarse con el tiempo, mientras que los aceites podían aparecer en la superficie y favorecer la presencia de moho.
Además, cada reproducción física puede representar un riesgo.
A diferencia de un archivo digital, donde un mismo archivo puede reproducirse miles de veces sin desgastar físicamente el soporte original, reproducir un cilindro implica poner en contacto una aguja o mecanismo de lectura con una superficie extremadamente antigua y delicada.
Por eso, preservar sonido no significa simplemente escuchar una grabación y guardarla.
Implica mantener las condiciones adecuadas para conservar el objeto original, disponer de equipos especializados y, cuando sea posible, transferir su contenido a un formato que pueda conservarse y estudiarse sin tener que manipular continuamente el cilindro.
El Federal Cylinder Project: preservar antes de que fuera demasiado tarde
La Biblioteca del Congreso comenzó a abordar este problema de manera sistemática con el Federal Cylinder Project, creado en 1979.
En aquella época, la solución tecnológica disponible no era la digitalización moderna.
La estrategia consistía principalmente en realizar copias de los cilindros en otros soportes, especialmente cinta magnética. La propia Biblioteca explica que, antes del proyecto, algunos cilindros ya habían sido copiados a discos durante las décadas de 1930 y 1940, mientras que otros empezaron a copiarse a cinta magnética desde la década de 1950.
El proyecto consiguió preservar los cilindros mediante copias en cinta, pero el trabajo de catalogación y distribución todavía estaba incompleto cuando la Biblioteca publicó información sobre el proyecto en 1996.
En ese momento, se indicaba que todos los cilindros habían sido preservados mediante duplicación a cinta, pero solo aproximadamente tres cuartas partes habían sido catalogadas y alrededor de dos terceras partes habían sido devueltas a comunidades indígenas.
Esto demuestra por qué resulta incorrecto presentar la historia como si se tratara de un único proyecto de digitalización iniciado y terminado recientemente.
La preservación ha sido un proceso de varias décadas.
De la cinta magnética a los archivos digitales
La llegada de la tecnología digital cambió radicalmente las posibilidades de conservación.
Digitalizar una grabación significa convertir la información sonora almacenada en un soporte físico en datos que pueden almacenarse como archivos digitales.
Esto permite realizar copias de seguridad, crear sistemas de catalogación, facilitar la investigación y, cuando los derechos y las condiciones culturales lo permiten, ofrecer acceso a las grabaciones a través de internet.
Pero digitalizar un cilindro antiguo tampoco es una operación sencilla.
Los especialistas necesitan equipos capaces de reproducir el soporte correctamente y obtener la mayor cantidad de información posible sin deteriorarlo. Además, deben documentar qué cilindro fue utilizado, en qué condiciones se encontraba, quién realizó la grabación y qué información histórica está relacionada con ella.
En otras palabras, el archivo de sonido necesita tanto ingeniería como investigación histórica.
¿Qué se puede escuchar en estos registros?
El valor de las grabaciones va mucho más allá de la música.
Las colecciones incluyen canciones, relatos, discursos, conversaciones y otros tipos de expresiones orales. En el caso de las grabaciones etnográficas, algunas permiten estudiar lenguas y tradiciones de comunidades indígenas documentadas hace más de un siglo.
La Biblioteca del Congreso conserva, por ejemplo, registros relacionados con las tradiciones orales de comunidades como los Passamaquoddy y otros pueblos indígenas.
Escuchar estos materiales puede proporcionar información que no aparece en una transcripción escrita.
La forma en que una palabra era pronunciada, el ritmo de una canción o una característica particular de una lengua pueden convertirse en información fundamental para investigadores y para las propias comunidades.
En ese sentido, el archivo funciona casi como una máquina del tiempo acústica.
No hay que confundir los cilindros con el National Jukebox
Aquí aparece otra de las razones por las que la cifra de “más de 10.000” puede generar confusión.
La Biblioteca del Congreso también posee el National Jukebox, una plataforma digital que permite escuchar grabaciones históricas.
Cuando fue lanzado en 2011, el proyecto ofrecía más de 10.000 grabaciones históricas, principalmente producidas por la Victor Talking Machine Company entre 1901 y 1925.
Pero esas grabaciones no corresponden a los más de 10.000 cilindros de cera del American Folklife Center.
El National Jukebox se centró principalmente en grabaciones realizadas sobre discos, mientras que la colección de cilindros constituye otro conjunto patrimonial con una historia y unas características técnicas diferentes.
Actualmente, la colección del National Jukebox supera las 18.000 grabaciones catalogadas y reúne materiales procedentes de distintas instituciones colaboradoras, además de la propia Biblioteca del Congreso.
Por eso, mezclar ambos proyectos puede producir el titular atractivo de “10.000 grabaciones digitalizadas”, pero también puede hacer que se atribuya a los cilindros un proceso que en realidad corresponde a otra colección.
¿Por qué es importante conservar algo que tiene más de 100 años?
La preservación sonora tiene una importancia que va mucho más allá de la nostalgia.
Una grabación histórica puede convertirse en una fuente primaria para estudiar cómo hablaban las personas, qué música escuchaban, qué historias transmitían y cómo se expresaban distintas comunidades.
También permite estudiar la evolución de la propia tecnología.
Los cilindros muestran una etapa en la que registrar una voz era un proceso completamente mecánico. El intérprete tenía que colocarse frente a un gran embudo y la intensidad de su interpretación influía directamente en la calidad del registro.
La Biblioteca del Congreso explica que, en el sistema acústico, incluso la posición del intérprete respecto al cuerno y el tipo de diafragma utilizado podían afectar el resultado final.
La grabación sonora moderna, en cambio, utiliza micrófonos, sistemas electrónicos y procesamiento digital.
Entre ambos mundos existe más de un siglo de evolución tecnológica.
Un patrimonio que también necesita contexto
Digitalizar no significa automáticamente que todo pueda publicarse sin restricciones.
La Biblioteca del Congreso advierte que las grabaciones históricas pueden contener expresiones, actitudes y términos propios de las épocas en las que fueron realizadas y que actualmente pueden resultar ofensivos. La institución las conserva como documentos históricos, no como una aprobación de las ideas que contienen.
Además, existen cuestiones relacionadas con derechos de autor, privacidad y derechos culturales.
Por eso, la preservación moderna requiere algo más que convertir sonido analógico en archivos digitales. También exige catalogar, contextualizar, establecer condiciones de acceso y trabajar con las comunidades representadas en las grabaciones.
Un legado que comenzó en el siglo XIX y continúa en la era digital
Los más de 10.000 cilindros conservados por la Biblioteca del Congreso representan una parte excepcional de la historia sonora de Estados Unidos.
Algunos contienen registros realizados cuando la grabación de sonido todavía era una tecnología experimental. Otros documentan tradiciones culturales que, de no haber sido registradas, serían mucho más difíciles de estudiar hoy.
La importancia de este patrimonio radica precisamente en su fragilidad.
Un libro puede ser reimpreso. Una fotografía puede reproducirse. Pero un cilindro de cera antiguo puede deteriorarse hasta el punto de que su contenido sea imposible de recuperar.
Por eso, la preservación sonora se ha convertido en una carrera contra el tiempo: conservar el objeto original, recuperar su contenido, crear copias digitales y garantizar que las futuras generaciones puedan estudiar y, cuando corresponda, escuchar aquello que quedó registrado hace más de un siglo.
Y aunque la idea de que la Biblioteca del Congreso “acaba de completar” la digitalización de más de 10.000 cilindros no está respaldada por una fuente oficial reciente en esos términos, el hecho fundamental sí es real y extraordinario: la institución lleva décadas protegiendo un conjunto de más de 10.000 grabaciones en cilindros, muchas de ellas provenientes de finales del siglo XIX y comienzos del XX, y ha desarrollado sucesivas estrategias para impedir que esas voces desaparezcan.
En un momento en que millones de horas de audio pueden almacenarse en servidores y reproducirse desde un teléfono, resulta fácil olvidar lo extraordinario que fue, hace más de un siglo, conseguir que una voz pudiera quedar físicamente grabada.
En aquellos pequeños cilindros de cera quedó algo más que música o palabras: quedó una huella acústica de personas que vivieron en un mundo que ya no existe.