El Parque Nacional Natural Chingaza continúa siendo uno de los territorios más importantes de Colombia para la conservación del oso andino (Tremarctos ornatus), también conocido como oso de anteojos. En este territorio de la cordillera Oriental, el seguimiento mediante cámaras trampa, recorridos de campo y análisis de señales permite conocer dónde se moviliza la especie, cómo utiliza los diferentes ambientes y cuáles son las principales amenazas que pueden afectar su supervivencia.
La información oficial disponible muestra que este monitoreo no corresponde a una acción aislada, sino a un proceso de conservación que lleva varios años y que se ha ampliado progresivamente. La estrategia nacional para la conservación del oso andino comenzó en 2016 precisamente con trabajos que incluyeron 70.000 hectáreas del Parque Nacional Natural Chingaza y, para 2025, ya contemplaba el seguimiento de más de 4,5 millones de hectáreas distribuidas en cinco grandes unidades de conservación del país.
Cámaras trampa: observar sin alterar el comportamiento del oso
Una de las principales herramientas utilizadas en Chingaza es el fototrampeo. Las cámaras se instalan estratégicamente en lugares donde existen evidencias de tránsito de los animales y permanecen activas durante periodos prolongados.
Estos dispositivos permiten obtener fotografías y videos cuando detectan movimiento, lo que hace posible estudiar a una especie que normalmente se desplaza de manera solitaria y en territorios extensos. Además, al no requerir la presencia permanente de investigadores en el sitio, las cámaras permiten recopilar información sin necesidad de perseguir o intervenir directamente a los ejemplares.
Parques Nacionales señala que el programa de fototrampeo del PNN Chingaza busca verificar la presencia del oso de anteojos en diferentes sectores y generar información útil para las medidas de conservación, incluyendo el manejo del turismo y la prevención de conflictos con comunidades ubicadas en las zonas de influencia del parque.
Los registros también han permitido observar comportamientos difíciles de documentar mediante recorridos convencionales. Entre ellos se encuentran desplazamientos de distintos individuos por una misma zona y escenas de oseznos junto a sus madres.
Más que encontrar osos: conocer sus corredores
El objetivo del monitoreo no es simplemente determinar si hay osos en Chingaza. Uno de los aspectos más importantes es establecer cómo utilizan el territorio.
El oso andino necesita grandes extensiones de bosque, páramo y otros ambientes de montaña para desplazarse y conseguir alimento. Por esa razón, conservar únicamente los lugares donde los animales permanecen durante determinados momentos no es suficiente. También resulta fundamental mantener conectados los diferentes sectores que utilizan para movilizarse.
La estrategia de conservación de Parques Nacionales plantea precisamente la creación y consolidación de unidades núcleo de conservación: grandes paisajes en los que se articulan áreas protegidas con predios privados y otros territorios que cumplen una función de conectividad ecológica.
Una de estas unidades es la denominada Chingaza–Sumapaz–Picachos, que comprende territorios de Boyacá, Cundinamarca, Bogotá D. C., Meta, Huila y Caquetá. En conjunto, las cinco unidades priorizadas por la estrategia abarcan más de 5 millones de hectáreas, mientras que el área actualmente monitoreada supera los 4,5 millones de hectáreas.
Las huellas también cuentan
Aunque las cámaras son fundamentales, la investigación del oso andino no depende exclusivamente de las fotografías.
Los guardaparques y equipos de investigación también buscan señales como huellas, pelos, heces, restos de alimento y marcas en los árboles. Estas evidencias ayudan a determinar la presencia de la especie incluso cuando ningún ejemplar aparece frente a una cámara.
En recorridos realizados en Chingaza se han identificado, por ejemplo, rasguños en árboles y otros indicios asociados al tránsito del oso. Estos datos son incorporados a los procesos de seguimiento y permiten comprender mejor la utilización del paisaje.
El análisis de estas señales resulta especialmente importante porque el oso andino puede recorrer áreas extensas y no necesariamente pasa por los mismos lugares todos los días.
¿Cuántos osos andinos hay en Chingaza?
Esta es una de las preguntas más difíciles de responder.
Contar directamente a todos los ejemplares de una población silvestre sería prácticamente imposible debido a su comportamiento, la extensión de su hábitat y las condiciones de los bosques y páramos donde vive.
Por eso, los investigadores utilizan metodologías como los modelos de ocupación, que permiten estimar la presencia y distribución de la especie a partir de diferentes tipos de información sin necesidad de observar individualmente a cada animal.
Según Parques Nacionales Naturales de Colombia, las estimaciones disponibles para el macizo de Chingaza sitúan la población de oso andino entre 50 y 128 individuos. A escala nacional, las estimaciones son mucho más amplias debido a la extensión del territorio ocupado por la especie.
Estas cifras deben entenderse como estimaciones científicas y no como un censo exacto. Precisamente por eso, mantener los programas de monitoreo resulta indispensable: los datos nuevos permiten mejorar progresivamente el conocimiento sobre la población.
Una especie vulnerable y única de Sudamérica
El oso andino es particularmente importante porque es la única especie de oso que habita actualmente en Sudamérica. Su distribución se extiende por diferentes países de la cordillera de los Andes y Colombia constituye uno de sus territorios fundamentales.
La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) clasifica a la especie como Vulnerable, lo que significa que enfrenta un riesgo significativo de disminución de sus poblaciones si las presiones sobre sus hábitats continúan.
En Colombia, Parques Nacionales identifica entre los principales factores que afectan su conservación la pérdida de bosques y páramos, la degradación del hábitat asociada a determinadas actividades productivas, la caza furtiva y la expansión de la frontera agropecuaria.
Por eso, encontrar un oso en una cámara trampa no es solamente una imagen llamativa. El registro puede convertirse en una pieza de información para determinar qué sectores siguen siendo utilizados por la especie y cuáles requieren mayores medidas de protección.
El oso como «jardinero» de los bosques
El valor ecológico del oso andino va más allá de su condición de especie emblemática.
Uno de sus papeles más importantes está relacionado con la dispersión de semillas. Al desplazarse por diferentes sectores y consumir frutos y otros recursos vegetales, puede contribuir al transporte de semillas hacia nuevos lugares.
Por esta razón, especialistas y guardaparques lo han denominado en ocasiones el «jardinero del bosque».
Además, es considerada una especie sombrilla. Este concepto se refiere a especies cuya conservación implica proteger grandes áreas de hábitat que también son utilizadas por numerosos organismos. En otras palabras, mantener ambientes adecuados para el oso puede favorecer indirectamente a otras especies de fauna y flora que comparten esos ecosistemas.
La conservación también ocurre fuera del parque
Uno de los desafíos más importantes consiste en que el territorio utilizado por los osos no termina necesariamente en los límites administrativos de un parque nacional.
Las zonas de conectividad pueden incluir predios privados y territorios donde existen actividades agrícolas o ganaderas. Allí es donde pueden aparecer situaciones de conflicto entre las personas y la fauna silvestre.
La estrategia nacional de conservación ha incorporado, por ello, acuerdos con comunidades y propietarios. Para 2025, Parques Nacionales reportaba 170 acuerdos de conservación, mediante los cuales se buscaba proteger áreas importantes para la especie al mismo tiempo que se impulsaban sistemas productivos sostenibles.
El objetivo es que la conservación no dependa exclusivamente de la vigilancia dentro de las áreas protegidas, sino que también involucre a las comunidades que viven alrededor de ellas.
Un esfuerzo que se extiende por varios años
El actual sistema de monitoreo de Chingaza tiene antecedentes de más de una década.
En 2015, Parques Nacionales informó la incorporación de nuevas cámaras trampa de fotografía y video al programa de seguimiento del oso andino. En ese momento, la ampliación del fototrampeo buscaba cubrir nuevos sectores, incluido el piedemonte, donde ya se habían encontrado señales de presencia de la especie.
Documentos posteriores del parque también registraron el uso de cámaras trampa para identificar individuos mediante las características particulares de sus manchas faciales y obtener información sobre la presencia de diferentes mamíferos.
Esto demuestra que la tecnología de fototrampeo no es una herramienta recién llegada a Chingaza, sino parte de una línea de investigación que se ha mantenido y fortalecido con el tiempo.
Nuevas alianzas para proteger los corredores
El trabajo de conservación también se ha extendido a otros territorios conectados con el sistema de Chingaza.
En enero de 2026, la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR) informó sobre la firma de un Pacto por la Protección del Oso Andino, en el que participaron autoridades ambientales, gobiernos locales y actores del territorio. Como parte de esa iniciativa se entregaron cuatro cámaras trampa para fortalecer el monitoreo científico y comunitario del oso y de otras especies asociadas al corredor biológico.
Este tipo de iniciativas complementa el trabajo de las áreas protegidas porque permite generar información en sectores donde los animales también pueden desplazarse.
La conservación de los corredores, por tanto, requiere coordinación entre distintas instituciones, autoridades locales, comunidades y propietarios de predios.
Una estrategia que mira hacia 2031
La conservación del oso andino en Colombia está respaldada por una estrategia nacional iniciada en 2016 y proyectada hasta 2031.
Su propósito no consiste solamente en aumentar el número de registros obtenidos por cámaras trampa. El objetivo es construir conocimiento sobre la población, identificar las amenazas que enfrenta, mantener la conectividad de sus hábitats, promover acuerdos con comunidades y mejorar la convivencia entre las personas y la fauna silvestre.
En este contexto, cada fotografía obtenida en Chingaza puede aportar información sobre el estado del ecosistema y sobre los caminos que todavía utiliza una especie que necesita grandes extensiones de territorio para sobrevivir.
Chingaza, un territorio clave para el futuro del oso andino
El monitoreo del oso andino en Chingaza representa una combinación de tecnología, investigación científica y trabajo territorial. Las cámaras trampa permiten observar lo que sucede cuando los investigadores no están presentes; las señales encontradas durante los recorridos ayudan a ampliar esa información; y los modelos de ocupación permiten transformar los registros individuales en estimaciones sobre la presencia de la especie.
Pero el desafío principal va más allá de saber cuántos osos existen.
La verdadera tarea consiste en garantizar que puedan continuar desplazándose entre bosques y páramos, encontrar alimento, reproducirse y convivir con las comunidades que comparten el territorio.
Por eso, el seguimiento de los corredores ecológicos se convierte en una pieza central de la conservación. En Chingaza, proteger al oso andino significa también proteger los ecosistemas de alta montaña, mantener la conectividad entre diferentes áreas y conservar una parte fundamental de la biodiversidad de los Andes colombianos.
Con una estrategia nacional que se extiende hasta 2031 y un sistema de monitoreo que ha evolucionado desde los primeros esfuerzos de fototrampeo hasta una escala nacional de millones de hectáreas, Colombia busca que el oso de anteojos no sea solamente una especie que aparece ocasionalmente frente a una cámara, sino un habitante permanente de paisajes donde todavía pueda desplazarse con libertad.