Pasadas las elecciones de Cámara y Senado, es posible hacer una lectura clara de lo que está ocurriendo en el país. Tanto la izquierda, representada en el Pacto Histórico, como la derecha, desde el Centro Democrático, aspiraban a obtener grandes mayorías en el Congreso de la República; sin embargo, esto no sucedió.

Al analizar los resultados, se evidencia que, aunque la izquierda logró avanzar en algunas posiciones, la derecha no se quedó atrás. Esto es una muestra fiel de la profunda polarización que atraviesa Colombia. Cada día el lenguaje se vuelve más agresivo, el odio crece, y la sociedad se fragmenta, dejando un panorama incierto frente a cómo se desarrollarán las elecciones presidenciales, tanto en primera como en segunda vuelta.

Todos queremos aportar a la construcción de un mejor país, pero hoy nos hemos ubicado en dos esquinas: estar a favor o en contra del gobierno. Sin embargo, la verdadera necesidad es otra: bajar “las armas”, mejorar la forma en que nos referimos a quienes piensan distinto y entender que la diferencia no es enemiga de la democracia.

Ser sensatos implica reconocer el verdadero significado de la democracia. En ella reside la libertad de decidir, de elegir a quien consideramos tiene las mejores capacidades para gobernar. La democracia es, en esencia, libertad: libertad para votar por quien se quiera, y responsabilidad para respetar esa decisión.

Siempre lo he dicho: la política hay que amarla, estudiarla, practicarla y seguirla de cerca. Solo se construye país cuando se participa, cuando se vota. La crítica desde la distancia o desde las redes sociales aporta muy poco si no va acompañada de acción.

Más allá de las diferencias entre izquierda y derecha, hay principios fundamentales que no se deben negociar: la lucha contra la corrupción, el respeto por las instituciones, y el rechazo absoluto a conductas como el peculado por apropiación o el uso indebido de recursos públicos. Estos comportamientos no deben ser tolerados en ningún gobernante ni en ningún equipo de gobierno, ya sea a nivel nacional, departamental o municipal.

Lamentablemente, estas prácticas se han vuelto parte del día a día. Lo más preocupante es que dejaron de ser señaladas como un problema exclusivo de un sector político, para convertirse en un fenómeno que atraviesa distintas corrientes, sin distinción ni escrúpulos.

A pocos días de la primera vuelta presidencial, el llamado es claro: que las mayorías se consoliden, que las minorías respeten los resultados y que todos asumamos con responsabilidad nuestro papel en la democracia. Construir país también implica saber perder, aceptar las reglas del juego y evitar, a toda costa, incendiar la nación.