El auge del turismo convive con la emigración masiva, la fragilidad de las familias, el embarazo adolescente y los desafíos ambientales de un territorio con recursos muy escasos

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En medio del barullo del mercado municipal de la isla de Sal, en el turístico Cabo Verde, Jessica Sousa, de 21 años, habla sobre sus sueños mientras asiste a una clase de hostelería. Tiene una hija de dos años y le gustaría poder quedarse en su país y labrarse una carrera vinculada a la restauración. Al otro lado de la ventana, otros compañeros se asoman mientras concluyen sus prácticas de la TUI Academy. Esta escuela trabaja con jóvenes procedentes de comunidades vulnerables de Cabo Verde y de otros países de África occidental para facilitar su incorporación al sector turístico, una de las pocas industrias capaces de absorber mano de obra en las islas.
Pero, si el plan no resulta, Sousa no descarta emigrar, como lo han hecho otros miles de jóvenes. Hay más caboverdianos en el extranjero que en el territorio nacional. Según datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), cerca de 700.000 residen en Estados Unidos y Europa, mientras que en el archipiélago hay poco más de medio millón de personas.
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Ni siquiera el auge del turismo y los ingresos que genera han logrado frenar esta tendencia. En 2024, Cabo Verde rozó el millón de visitantes y el sector representa ya alrededor de una cuarta parte del Producto Interior Bruto (PIB). Cada año, además, miles de turistas llegan atraídos por unos paisajes que también convierten al archipiélago en una de las principales zonas de anidación de la tortuga boba en el Atlántico.
Pero más allá de los hoteles y las playas, persiste otra realidad menos visible: la de un país donde muchos jóvenes siguen marchándose porque las oportunidades continúan siendo escasas e inestables. La tasa de desempleo entre los jóvenes de 15 a 24 años es del 15,9%. Además, casi un 20% de los ciudadanos que tienen entre 25 y 35 años no estudian ni trabajan: en España, ese indicador es del 11,5%.
Ricardo Andrade, presidente de SOS Aldeas Infantiles en Cabo Verde, alerta de que la emigración fractura la estructura social del país. “Hay hombres y mujeres que abandonan el país y dejan atrás a sus hijos. A veces, con los abuelos y, otras, prácticamente solos. Eso pone en juego el futuro de Cabo Verde. Porque si tienes una generación mal integrada en las familias y con una educación frágil, terminarás teniendo un problema mucho mayor en el futuro”, señala.
En Cabo Verde, más de la mitad de las familias son monoparentales y muchas están encabezadas por mujeres. Si consiguen trabajo en el sector turístico, se enfrentan a otro problema: no tienen dónde dejar a sus hijos. “Eso significa que muchos niños terminan criándose en la calle”, lamenta Andrade.
Para la organización, la clave está en intervenir antes de que esa vulnerabilidad rompa por completo el entorno familiar. “Todos estos problemas apuntan a lo mismo: la desintegración familiar”, sostiene. “Si resolvemos eso, solucionamos la mayoría de los retos del país”.
Actualmente, SOS Aldeas Infantiles atiende a 122 menores en acogimiento alternativo y trabaja con más de 2.300 niños y adolescentes a través de proyectos comunitarios. En los casos más graves, los menores viven en pequeñas casas junto a una madre responsable de su cuidado y mantienen una rutina familiar y escolar. Muchos proceden de entornos marcados por el abandono, la violencia o los abusos sexuales.
La organización reconoce además que buena parte de esa red de apoyo sigue dependiendo de la cooperación internacional. Andrade admite que el desmantelamiento de la agencia de cooperación estadounidense (USAID, por sus siglas en inglés) no les golpeó directamente, aunque sí debilitó a algunas entidades con las que colaboraban: “En un país con tantas urgencias acumuladas, ese efecto dominó se nota rápido”.
Madres jóvenes y solas
Las consecuencias de esa fragilidad aparecen pronto, a veces incluso antes de que termine la adolescencia. En Sal, el embarazo temprano se ha convertido en uno de los síntomas más visibles de ese desequilibrio.
Oriana Maocha, psicóloga de la ONG África 70, trabaja con jóvenes que han sido madres siendo aún menores. “Muchas veces es un ciclo familiar”, explica. “La madre tiene a su primer hijo a los 14 años, la hija también se queda embarazada a los 14 y después ocurre lo mismo con la nieta”. En su experiencia, detrás de muchos de esos casos, aparecen familias inestables y ausencia de referentes. “Muchas madres tienen que salir a trabajar desde muy temprano y vuelven de noche. Las hijas pasan mucho tiempo solas o en la calle y terminan buscando aceptación y pertenencia en otros grupos”, añade.
El impacto no es solo económico o educativo. Muchas jóvenes abandonan los estudios y quedan atrapadas en relaciones de dependencia difíciles de romper: “Algunas esperan que el padre del niño las mantenga, pero muchas veces esa ayuda no llega”, explica la psicóloga. En los casos más graves, además, la presión familiar y el aislamiento terminan desembocando en problemas de salud mental. “Hemos visto situaciones de ansiedad, depresión e incluso ideas de suicidio”.
El trabajo de África 70 intenta intervenir precisamente en ese punto crítico. Además del acompañamiento psicológico, la organización ofrece educación afectivo-sexual, apoyo en el cuidado de los hijos y, en algunos casos, la posibilidad de retomar los estudios.Alumnas de TUI Academy en Sal (Cabo Verde), con sus hijas, el 11 de septiembre de 2025.Nacho Meneses Poncio
Los nuevos guardianes de las tortugas
En un archipiélago donde muchos jóvenes siguen viendo el futuro fuera del país, acceder a un empleo estable puede marcar una diferencia decisiva. No todas las oportunidades llegan a través de los hoteles o los restaurantes. Algunas surgen en ámbitos menos visibles, como la conservación ambiental, que en los últimos años también ha empezado a generar empleo para jóvenes de las islas.
En el extremo sureste de la isla de Sal, donde el viento sopla con fuerza, hay una playa en la que cada invierno el cielo se llena de velas y el mar se convierte en un constante ir y venir de turistas que se deslizan sobre el agua cristalina. Kite Beach es uno de los rincones más codiciados de Cabo Verde para los amantes del kitesurf. Ahora, sin embargo, no hay cometas, ni viento suficiente, ni deportistas extranjeros domando las olas.
La playa permanece sumida en una oscuridad casi total. Aquí la luz sobra, porque cualquier destello puede desorientar a las tortugas que llegan desde el océano al abrigo de la noche. Desde el verano hasta comienzos del otoño, cuando las hembras de tortuga boba regresan a desovar, el paisaje cambia de ritmo.
Al caer la noche, un grupo de jóvenes caboverdianos patrullan la orilla. Colaboran con la ONG Proyecto Biodiversidad y la Fundación TUI Care, que emplea a jóvenes en proyectos de conservación en una de las principales zonas de anidación de la tortuga boba en el Atlántico, donde la presión del turismo, el furtivismo y los efectos del cambio climático han convertido su supervivencia en un equilibrio frágil. Para algunos de ellos, además, supone una oportunidad de empleo y formación en una isla donde las alternativas laborales siguen siendo limitadas.
Miembros del Proyecto Biodiversidad ayudan a unas crías de tortuga a salir de sus huevos en septiembre de 2025.Nacho Meneses Poncio
Albert Taxonera, biólogo conservacionista español que colabora con Proyecto Biodiversidad, participa desde hace años en ese proceso junto a otros voluntarios extranjeros. Su trabajo comienza con la localización de los nidos y continúa después, cuando muchos huevos se trasladan a viveros protegidos para evitar pérdidas por depredación, actividad humana o inundaciones.
“El momento clave no es solo encontrar el nido, sino todo lo que ocurre después”, explica. Tras la eclosión, las crías se devuelven a la playa y se liberan a cierta distancia del agua para que completen solas el recorrido final hasta el mar. “Ese último tramo lo tienen que hacer por sí mismas; es lo que les permitirá reconocer la playa en el futuro”.Albert Taxonera, biólogo conservacionista español que colabora con Proyecto Biodiversidad, el 11 de septiembre de 2025.Nacho Meneses Poncio
Pero la conservación no depende únicamente de la vigilancia o del trabajo científico. Durante años, el consumo de carne de tortuga formó parte de la cultura local en varias zonas del archipiélago, y buena parte del esfuerzo actual pasa también por transformar esa relación con la especie.
“El cambio se está produciendo, pero no es inmediato”, explica Anice Lopes, coordinadora del programa Guardianes del Mar de Proyecto Biodiversidad. Entre las generaciones mayores, el consumo de tortugas sigue muy arraigado, lo que obliga a mantener las patrullas y el trabajo de sensibilización con la comunidad local.
Cultivar en la escasez
Más allá del turismo y de los proyectos de conservación, algunos caboverdianos intentan abrirse camino a través del emprendimiento en sectores con poco desarrollo en las islas. Uno de ellos es la producción de alimento, en un país donde solo entre el 10% y el 12% del territorio es cultivable. En una isla árida como Sal esa limitación se vuelve todavía más severa. La falta de agua y la dependencia histórica de las importaciones condicionan buena parte de la vida en el archipiélago, donde muchos productos básicos siguen llegando del exterior.
En Sal, una pequeña empresa familiar intenta abrir una alternativa. En Milot Hydroponics, las plantas crecen sin tierra, en estructuras elevadas por las que circula agua mezclada con nutrientes y reutilizada de forma continua. Allí producen lechugas, tomates o remolachas en condiciones donde la agricultura tradicional apenas tiene margen. El sistema reduce al mínimo el desperdicio y permite mantener una producción estable en una isla marcada por la escasez de agua.Instalaciones de Milot Hydroponics en Sal, Cabo Verde.Nacho Meneses Poncio
A partir de esa experiencia, el programa Field to Fork, desarrollado con el apoyo de la Fundación TUI Care, impulsa una iniciativa de formación e incubación para emprendedores que quieren desarrollar pequeños proyectos agrícolas adaptados a las condiciones de la isla. Personas como Carla Djamila, que ya había intentado cultivar por su cuenta, enfrentándose a un terreno salino y a la falta de recursos. “Aquí nada crece fácil”, resume. Pero confía en que su proyecto prospere y genere un cambio en la isla.
Así, entre el turismo y la emigración, entre la escasez y la búsqueda de oportunidades, Cabo Verde intenta sostener un equilibrio delicado. Las organizaciones que hoy trabajan sobre el terreno no transforman de golpe la realidad del archipiélago, pero muestran algunos de los desafíos que marcarán su futuro. El reto no es solo atraer visitantes. También es conseguir que más jóvenes encuentren motivos para quedarse.
Artículo desarrollado en colaboración con la Fundación TUI Care.
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