La transformación de residuos agroalimentarios en nuevos materiales está ganando espacio dentro de la investigación europea sobre economía circular. Entre las materias primas que han despertado interés se encuentran los residuos generados por la industria del tomate, especialmente las pieles y semillas que quedan después de procesos como la elaboración de salsas, concentrados y otros productos derivados.
En este contexto, Italia aparece como uno de los países europeos donde se estudian diferentes formas de aprovechar estos subproductos. Sin embargo, existe una precisión importante respecto a la afirmación de que científicos de la Universidad de Bolonia hayan presentado recientemente un bioplástico obtenido directamente de residuos industriales de tomate: esa formulación concreta no pudo ser corroborada en las fuentes académicas e institucionales disponibles.
Lo que sí está documentado es que investigadores vinculados con la Universidad de Bolonia han trabajado en la valorización de residuos de tomate y que Italia participa actualmente en proyectos europeos destinados a desarrollar bioplásticos y otros materiales de origen biológico. Paralelamente, investigaciones realizadas en otras instituciones europeas han demostrado que los residuos del tomate pueden aportar componentes útiles para mejorar o fabricar materiales biodegradables.
Un residuo que contiene mucho más que desperdicio
El procesamiento industrial del tomate genera un subproducto conocido como tomato pomace o residuo de tomate. Su composición depende del proceso y de la variedad utilizada, pero generalmente incluye principalmente pieles, semillas y otros restos vegetales.
Durante años, estos residuos han tenido usos de menor valor, como alimentación animal, compostaje o eliminación como residuo orgánico. Sin embargo, su composición química hace que puedan convertirse en una fuente de sustancias de interés para la industria.
Una revisión científica sobre la valorización de residuos agroalimentarios señala que el procesamiento industrial del tomate produce diferentes corrientes de residuos y que estos contienen compuestos como proteínas, lípidos, fibras, azúcares y otros componentes que pueden aprovecharse mediante procesos de recuperación y transformación.
La importancia de este enfoque está en cambiar la lógica tradicional de producción: en lugar de considerar la piel y las semillas como el final de la cadena, se busca incorporarlas nuevamente al sistema productivo como materia prima.
¿Qué relación tiene la Universidad de Bolonia con los residuos del tomate?
La Universidad de Bolonia sí cuenta con antecedentes verificables relacionados con la valorización de residuos de tomate.
Uno de los ejemplos es una investigación publicada en 2023 por Francesca Valenti y otros investigadores, vinculados con la Universidad de Bolonia y la Universidad de Catania, que estudió la posibilidad de aprovechar los residuos de tomate para producir biometano.
El trabajo utilizó un modelo basado en sistemas de información geográfica para analizar la disponibilidad de residuos de la cadena productiva del tomate y su potencial como recurso para una futura cadena de producción de energía renovable.
Además, la propia Universidad de Bolonia registra una tesis de 2022 dedicada a estudiar tecnologías innovadoras para reducir los residuos generados durante el procesamiento de productos derivados del tomate.
El trabajo analiza tecnologías como altas presiones hidrostáticas, radiación ionizante, ultrasonidos, plasma frío y campos eléctricos pulsados. También estudia la extracción de compuestos de interés, entre ellos licopeno, β-caroteno y polifenoles, a partir del tomate y de residuos como pieles y restos de procesamiento.
Esto demuestra que la valorización del tomate forma parte de las líneas de investigación relacionadas con la Universidad de Bolonia, aunque no permite afirmar que esa institución haya presentado específicamente el bioplástico descrito en la formulación original de la noticia.
El componente más interesante: la cutina de la piel del tomate
Una de las vías más prometedoras para aprovechar los residuos del tomate está relacionada con la cutina, un polímero natural que forma parte de la cutícula que recubre la superficie de muchos frutos y plantas.
En el caso del tomate, la cutina se encuentra principalmente en la piel. Su función natural es actuar como una barrera protectora que ayuda a limitar la pérdida de agua y protege los tejidos del fruto frente al entorno.
Precisamente esas propiedades han llamado la atención de investigadores interesados en materiales sostenibles.
Un estudio publicado en 2024 en la revista Biomass investigó la extracción de cutina a partir de pieles de tomate y su utilización como recubrimiento hidrófobo —es decir, resistente al agua— para bioplásticos elaborados a partir de mezclas de almidón y gelatina. La investigación fue realizada por científicos de la South East Technological University, en Irlanda, y no por la Universidad de Bolonia.
Los resultados fueron especialmente interesantes.
Los investigadores encontraron que el recubrimiento de cutina podía mejorar considerablemente el comportamiento del material frente al agua. Según el estudio, la permeabilidad al vapor de agua se redujo en un 74 %, mientras que el porcentaje de hinchamiento del bioplástico disminuyó en un 84 % después de aplicar el recubrimiento.
Estos resultados son relevantes porque uno de los problemas de determinados bioplásticos fabricados con materiales naturales es precisamente su sensibilidad frente a la humedad.
¿Cómo podría convertirse un residuo de tomate en material plástico?
El proceso puede variar dependiendo de la tecnología utilizada, pero el concepto general parte de una idea sencilla: separar y recuperar los componentes útiles del residuo antes de transformarlos en un material de mayor valor.
En el caso de la cutina, una de las investigaciones estudiadas utiliza un proceso de extracción basado en cambios de pH para recuperarla de las pieles de tomate. Posteriormente, la sustancia puede emplearse como parte de un material o como recubrimiento para modificar sus propiedades.
Otra línea de investigación ha estudiado directamente la mezcla de cutina procedente de residuos de tomate con ácido poliláctico, conocido como PLA, uno de los polímeros de origen biológico más utilizados.
El objetivo es combinar las propiedades de ambos componentes y obtener materiales que puedan ser procesados y utilizados en productos con menor impacto ambiental. Una investigación publicada en 2024 concluyó que las mezclas de PLA y cutina procedente de residuos de tomate podían procesarse mediante técnicas de mezcla en estado fundido, aunque también identificó fenómenos de degradación durante el proceso que deben seguir estudiándose.
No se trata simplemente de «hacer plástico con tomates»
Una de las principales confusiones alrededor de estas investigaciones es pensar que el tomate completo se convierte directamente en una bolsa o envase.
La realidad es bastante más compleja.
Un residuo de tomate contiene diferentes componentes y cada uno puede tener propiedades distintas. Las semillas, por ejemplo, pueden aprovecharse por su contenido de proteínas y aceites, mientras que las pieles contienen sustancias como cutina, pigmentos y otros compuestos de interés.
Por esta razón, la tendencia actual apunta hacia el concepto de biorrefinería, en el que una misma materia prima se divide en diferentes fracciones para obtener varios productos.
En lugar de utilizar únicamente una parte del residuo y descartar el resto, una biorrefinería busca extraer el máximo valor posible de cada componente.
Ese modelo es especialmente importante para la economía circular porque permite reducir la cantidad de residuos que terminan sin aprovechamiento y, al mismo tiempo, disminuir la necesidad de utilizar materias primas vírgenes.
Italia y la apuesta por una bioeconomía industrial
La investigación italiana no se limita al tomate. El país participa en diferentes iniciativas europeas orientadas a desarrollar cadenas industriales basadas en materias primas renovables.
Un ejemplo actual es RUNFASTER4EU, un proyecto financiado por la Unión Europea que comenzó en julio de 2025 y está previsto hasta 2030.
La iniciativa cuenta con la participación de la Universidad de Bolonia y busca desarrollar cadenas de producción basadas en cultivos oleaginosos de bajo riesgo de cambio indirecto del uso de la tierra, cultivados en terrenos marginales.
El proyecto contempla la transformación de aceites vegetales y biomasa residual en productos de mayor valor, entre ellos ingredientes para alimentación animal, cosméticos, bioestimulantes, herbicidas, fluidos dieléctricos y bioplásticos.
La Universidad de Bolonia figura oficialmente como uno de los participantes del proyecto y participa mediante sus departamentos de Ciencias y Tecnologías Agroalimentarias y de Ingeniería Civil, Química, Ambiental y de Materiales.
No obstante, este proyecto tampoco debe confundirse con un supuesto desarrollo exclusivo de un bioplástico fabricado a partir de residuos de tomate. Su materia prima principal son cultivos oleaginosos y sus residuos, dentro de un sistema más amplio de aprovechamiento de biomasa.
¿Por qué los residuos del tomate pueden ser importantes para los bioplásticos?
El interés tiene varias dimensiones.
Reducir residuos agroindustriales
Las industrias procesadoras generan grandes cantidades de subproductos. Darles un uso adicional puede disminuir la cantidad de material que debe gestionarse como residuo.
Un estudio publicado en 2024 sobre la valorización de residuos de tomate estima que, de unos 160 millones de toneladas de tomate procesadas anualmente a escala mundial, alrededor del 4 % puede corresponder a residuos, equivalentes a unos 6,4 millones de toneladas de pieles y semillas.
Las cifras pueden variar según la fuente, el año y la definición utilizada para contabilizar los residuos, pero sirven para mostrar la magnitud potencial del problema.
Sustituir parcialmente materias primas fósiles
La mayoría de los plásticos convencionales se producen a partir de materias primas fósiles.
Los materiales de origen biológico buscan introducir carbono procedente de recursos renovables en determinadas aplicaciones, aunque esto no significa automáticamente que todos los bioplásticos sean biodegradables ni que todos tengan un impacto ambiental menor.
Esta distinción es fundamental.
Biobasado significa que el material procede, total o parcialmente, de biomasa renovable. Biodegradable significa que puede ser descompuesto mediante procesos biológicos bajo determinadas condiciones. Un material puede cumplir una de estas características sin cumplir necesariamente la otra.
Un posible camino para el packaging
El sector del envasado es uno de los campos donde este tipo de materiales despierta mayor interés.
Los alimentos necesitan envases que puedan resistir humedad, oxígeno, cambios de temperatura y manipulación mecánica. Por ello, desarrollar un bioplástico no consiste únicamente en conseguir un material que pueda moldearse.
También debe cumplir requisitos de resistencia, estabilidad, seguridad y conservación.
La investigación con cutina procedente de residuos de tomate es interesante precisamente porque intenta solucionar una de estas dificultades: la resistencia al agua.
En el estudio de 2024, la cutina se utilizó como recubrimiento para mejorar las propiedades de barrera de un bioplástico de almidón y gelatina. Los investigadores señalaron que las propiedades obtenidas podían competir en determinados aspectos con materiales derivados del petróleo, aunque todavía existen desafíos antes de considerar estas soluciones como sustitutos universales.
Del laboratorio a la industria todavía hay un largo camino
Uno de los puntos que debe evitarse al hablar de estas investigaciones es presentar un prototipo de laboratorio como si ya existiera una producción industrial masiva.
Entre demostrar que un material funciona y fabricar millones de unidades existe una diferencia considerable.
Para llegar a una aplicación comercial se deben estudiar aspectos como:
- costo de las materias primas;
- cantidad de residuo disponible;
- eficiencia del proceso de extracción;
- consumo energético;
- uso de agua y productos químicos;
- escalabilidad industrial;
- propiedades mecánicas;
- resistencia a humedad y temperatura;
- seguridad para contacto con alimentos;
- estabilidad durante el almacenamiento;
- biodegradabilidad o reciclabilidad;
- gestión del material después de su uso.
Además, es necesario comprobar mediante análisis de ciclo de vida que el nuevo material realmente ofrece beneficios ambientales frente a las alternativas existentes.
La propia Universidad de Bolonia también estudia los límites de los bioplásticos
La investigación universitaria relacionada con los bioplásticos no se centra únicamente en desarrollar nuevos materiales.
También se estudia qué ocurre con ellos después de su utilización.
En 2025, investigadores vinculados con la Universidad de Bolonia participaron en trabajos sobre el impacto potencial de lixiviados procedentes de bioplásticos en organismos marinos. El tema es importante porque que un plástico sea biobasado o biodegradable no significa que su impacto ambiental pueda evaluarse únicamente observando su origen.
De igual manera, investigadores de la Universidad han trabajado sobre la biodegradabilidad y sostenibilidad de diferentes materiales, analizando sus aplicaciones y las condiciones necesarias para que representen realmente una mejora ambiental.
Esta visión es fundamental: la solución al problema del plástico no consiste simplemente en sustituir un material por otro, sino en analizar todo su ciclo de vida.
Un modelo basado en economía circular
La importancia de los residuos del tomate no está únicamente en producir un nuevo tipo de plástico.
El verdadero potencial está en integrar diferentes procesos.
Por ejemplo, una cadena industrial podría aprovechar las semillas para recuperar aceites o proteínas, extraer compuestos de interés de las pieles y utilizar otras fracciones para producir energía o productos bioquímicos.
El objetivo sería conseguir que una mayor proporción de la biomasa original termine convertida en productos útiles.
Este concepto coincide con el enfoque de valorización en cascada utilizado en proyectos europeos actuales. RUNFASTER4EU, por ejemplo, plantea precisamente aprovechar diferentes fracciones de la biomasa para producir distintas categorías de productos y reducir el desperdicio de recursos.
Una oportunidad especialmente interesante para la industria alimentaria
El caso del tomate resulta particularmente atractivo porque el residuo se genera en el mismo lugar donde existe la capacidad industrial para procesarlo.
Esto puede facilitar, al menos en teoría, la creación de cadenas de suministro locales.
En vez de transportar residuos a grandes distancias para su eliminación, podrían ser tratados cerca de las plantas procesadoras y convertirse allí mismo en materias primas secundarias.
La investigación de la Universidad de Bolonia sobre valorización de residuos del tomate y sus estudios sobre extracción de compuestos de interés muestran precisamente el potencial de este enfoque.
El reto será demostrar que la alternativa realmente es sostenible
El entusiasmo alrededor del bioplástico de residuos de tomate debe ir acompañado de cautela.
Un material puede utilizar residuos como materia prima y aun así requerir grandes cantidades de energía, agua o productos químicos durante su fabricación.
Por eso, el indicador relevante no es únicamente si el material procede de un residuo, sino cuál es su impacto ambiental completo.
También será necesario determinar qué ocurre cuando el producto llega al final de su vida útil. Algunos bioplásticos requieren condiciones específicas de compostaje industrial para degradarse adecuadamente, mientras que otros pueden tener rutas de reciclaje diferentes.
La propia Universidad de Bolonia ha señalado en investigaciones sobre bioplásticos la importancia de estudiar cuestiones como la biodegradabilidad real, el comportamiento de los materiales y su gestión al final de su vida útil.
¿Estamos ante una futura alternativa al plástico convencional?
Todavía es demasiado pronto para afirmarlo de manera general.
Lo que sí está demostrado es que los residuos de tomate poseen componentes que pueden ser recuperados y utilizados en materiales de base biológica. Las investigaciones sobre cutina, mezclas con PLA y bioplásticos de almidón y gelatina muestran que existen rutas técnicamente interesantes para convertir un residuo agroalimentario en un recurso de mayor valor.
Italia, además, cuenta con una actividad creciente en bioeconomía y participa en proyectos europeos que buscan llevar este tipo de tecnologías hacia escalas industriales.
En ese panorama, la Universidad de Bolonia desempeña un papel relevante en la investigación sobre valorización de residuos agroalimentarios, bioplásticos y economía circular, aunque no es correcto presentar, sin una fuente específica, que sus científicos hayan sido los responsables de un reciente bioplástico fabricado exclusivamente con residuos industriales de tomate.
La evidencia disponible apunta a una realidad más amplia: distintas universidades y centros de investigación europeos están explorando cómo convertir las pieles, semillas y otros subproductos del tomate en materias primas para nuevos productos, mientras instituciones italianas como la Universidad de Bolonia participan en investigaciones y proyectos relacionados con la valorización de estos residuos y con el desarrollo de materiales de origen biológico.
Una segunda vida para el tomate
La transformación de residuos de tomate en materiales avanzados representa, en definitiva, un ejemplo de cómo la economía circular puede cambiar la manera en que se entiende un desecho.
Lo que antes podía considerarse simplemente un subproducto de la industria alimentaria puede contener moléculas y estructuras con propiedades útiles para fabricar materiales, extraer compuestos de alto valor o generar energía.
El desafío ahora consiste en conseguir que estas tecnologías sean económicamente competitivas, ambientalmente beneficiosas y escalables.
Si esa transición se logra, el futuro de la industria alimentaria podría estar menos basado en el modelo de producir, utilizar y desechar, y más orientado hacia un sistema en el que incluso las pieles y semillas que quedan después de procesar un tomate vuelvan a entrar en la cadena productiva.