El Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social impulsa, a través de Foncodes y otros programas sociales, iniciativas de agricultura familiar que incorporan biohuertos, sistemas de riego, abonos orgánicos y asistencia técnica para mejorar el acceso a alimentos frescos y diversificar los ingresos de las familias rurales.
En las comunidades rurales de las zonas altoandinas del Perú, producir alimentos representa un desafío que va mucho más allá de sembrar y cosechar. Las bajas temperaturas, las heladas, la escasez de agua, las dificultades de transporte y las condiciones geográficas hacen que muchas familias tengan mayores obstáculos para acceder de manera permanente a productos frescos.
Frente a esta realidad, el Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social (Midis) viene desarrollando distintas intervenciones orientadas a fortalecer la seguridad alimentaria y las capacidades productivas de los hogares rurales. Entre ellas destacan los biohuertos familiares, que permiten producir hortalizas y otros alimentos directamente en los terrenos de las familias.
Una de las principales vías para desarrollar estas acciones es Foncodes, mediante el proyecto Haku Wiñay, una intervención que combina tecnologías productivas, capacitación, asistencia técnica y promoción de emprendimientos rurales.
Durante 2026, el alcance de estas iniciativas continúa extendiéndose a distintas regiones del país. En Ayacucho, por ejemplo, Foncodes informó en julio que Haku Wiñay ha desarrollado durante una década proyectos destinados a fortalecer la agricultura familiar y que entre sus componentes se encuentra la implementación de biohuertos familiares.
¿Qué son los biohuertos familiares?
Los biohuertos familiares son pequeños espacios destinados al cultivo de alimentos para consumo del hogar y, cuando existe producción excedente, para su comercialización.
En las comunidades rurales, su importancia radica en que permiten acercar la producción de alimentos a las propias viviendas. De esta manera, las familias pueden reducir parcialmente la necesidad de comprar determinados productos en mercados ubicados a grandes distancias.
Los cultivos pueden incluir hortalizas como lechuga, acelga, zanahoria, cebolla, col, perejil, rabanito y otros vegetales adaptados a las condiciones locales.
La experiencia de Foncodes muestra que estos espacios no funcionan únicamente como parcelas de cultivo. El modelo incorpora capacitación y acompañamiento para que las familias aprendan a manejar adecuadamente los cultivos, producir abonos y mejorar el uso del agua.
En noviembre de 2022, por ejemplo, el Midis reportó la experiencia de 37 familias del centro poblado de Cantu, en la provincia de Huaraz, Áncash, que habían implementado un biohuerto ecológico pese a las dificultades derivadas de la altura, el clima y la disponibilidad de agua. Las familias producían, entre otros alimentos, zanahorias, col, lechuga y cebolla china.
La altura y el clima, uno de los principales desafíos
Cultivar alimentos en las zonas altoandinas supone enfrentar condiciones climáticas que pueden limitar seriamente la producción.
En algunas comunidades ubicadas a gran altitud, las temperaturas nocturnas pueden descender considerablemente y las heladas pueden afectar directamente las plantas. El problema se intensifica cuando las familias dependen exclusivamente de las lluvias o no disponen de sistemas adecuados para almacenar y distribuir agua.
Por esa razón, las intervenciones no se limitan a entregar semillas.
En diferentes proyectos se han incorporado fitotoldos, sistemas de riego por goteo o aspersión, reservorios, geotanques y tecnologías para la producción de abonos orgánicos, dependiendo de las características de cada territorio.
Un ejemplo reciente se encuentra en Cajamarca. En febrero de 2026, Foncodes informó que implementó 80 reservorios familiares en el distrito de Chancay, provincia de San Marcos, destinados a 112 hogares. La infraestructura permite irrigar aproximadamente 56 hectáreas y tiene entre sus principales usos la producción de biohuertos y pastos para ganado.
El mismo proyecto contempla 134 geotanques de 15 metros cúbicos y sistemas de riego por goteo para parcelas familiares dedicadas al cultivo de hortalizas.
Esto demuestra que la seguridad alimentaria está estrechamente vinculada con la seguridad hídrica. Sin agua suficiente y disponible en los momentos adecuados, incluso un biohuerto bien diseñado puede tener dificultades para mantenerse productivo.
Haku Wiñay: una estrategia que combina alimentos e ingresos
El proyecto Haku Wiñay —que significa “Vamos a crecer”— constituye uno de los principales instrumentos utilizados por Foncodes para fortalecer las capacidades productivas de las familias rurales.
Su objetivo no se limita a incrementar la cantidad de alimentos disponibles. También busca mejorar las condiciones económicas de los hogares mediante actividades productivas y pequeños emprendimientos.
En marzo de 2026, Foncodes informó que Haku Wiñay trabajaba con 4.450 hogares rurales de Huánuco, donde se desarrollaban biohuertos, crianza de animales menores y emprendimientos productivos.
La intervención alcanzaba comunidades de diferentes provincias del departamento y combinaba capacitación, asistencia técnica y trabajo comunitario mediante el modelo de Núcleo Ejecutor, una modalidad en la que los propios usuarios participan en la gestión y ejecución de las actividades.
El proyecto también contempla la creación de pequeños negocios vinculados con actividades agropecuarias, agroindustriales, artesanales y de servicios.
Así, el biohuerto puede cumplir una doble función: proporcionar alimentos para el consumo familiar y generar excedentes que eventualmente pueden venderse en los mercados locales.
De la alimentación al fortalecimiento de la economía familiar
Uno de los aspectos más importantes de este tipo de iniciativas es que la seguridad alimentaria no se aborda exclusivamente desde la entrega de alimentos.
La lógica consiste en fortalecer la capacidad de las familias para producir parte de lo que consumen y, al mismo tiempo, desarrollar actividades que puedan generar ingresos.
En Cajamarca y Lambayeque, Foncodes informó en marzo de 2026 que más de 3.200 familias rurales habían mejorado sus condiciones productivas mediante Haku Wiñay. La intervención incluyó tecnologías productivas, capacitación y emprendimientos rurales.
A escala nacional, el organismo señaló que durante 2026 Haku Wiñay/Noa Jayatai desarrollaba capacidades productivas y promovía emprendimientos para más de 37.115 familias de comunidades rurales de la sierra y la selva, con una inversión de S/ 227,5 millones.
Estos datos permiten entender que los biohuertos forman parte de una estrategia más amplia de inclusión económica y social.
El papel de los fitotoldos en las zonas de mayor altitud
Cuando las condiciones climáticas son demasiado adversas para cultivar directamente al aire libre, una de las soluciones empleadas son los fitotoldos.
Estas estructuras funcionan como pequeños espacios protegidos que permiten crear un microclima más favorable para determinados cultivos.
El sistema es especialmente importante en comunidades donde las heladas pueden destruir las plantas durante determinados periodos del año.
El propio Midis ha desarrollado experiencias de este tipo. En 2023, por ejemplo, el programa Qali Warma informó sobre la utilización de fitotoldos transparentes y sistemas de riego por goteo en biohuertos escolares de zonas altoandinas de Cusco, donde las bajas temperaturas representaban un desafío para la producción de vegetales.
Aunque estos biohuertos escolares tienen una finalidad distinta a los familiares impulsados por Haku Wiñay, ambos muestran cómo las tecnologías de protección agrícola pueden adaptarse a las condiciones de las comunidades de altura.
Una experiencia que también llega a Huancavelica
Otra experiencia relevante se desarrolló en Huancavelica.
En junio de 2025, el Gobierno Regional de Huancavelica, el programa PAIS del Midis, la Dirección Regional de Agricultura y World Vision Perú inauguraron un Fito Toldo Comunitario en el distrito de Acobambilla.
La iniciativa fue diseñada como un espacio de formación y producción agrícola destinado a impulsar biohuertos familiares en 28 comunidades, con un alcance previsto de 1.340 hogares y más de 2.000 niñas, niños y adolescentes.
Este tipo de experiencia evidencia que la producción de alimentos en las zonas altoandinas puede requerir una combinación de conocimientos tradicionales, infraestructura agrícola y capacitación técnica.
El uso de abonos orgánicos
Otro elemento presente en estas intervenciones es el aprovechamiento de materiales orgánicos para mejorar la fertilidad de los suelos.
En los biohuertos promovidos por Foncodes se han utilizado alternativas como compost, biol y bocashi, que permiten aprovechar residuos orgánicos y producir fertilizantes dentro de las propias comunidades.
En Arequipa, por ejemplo, Foncodes informó en 2025 que 400 hogares de Cahuacho y Quicacha participaban en una intervención de Haku Wiñay que incluía biohuertos a campo abierto y bajo fitotoldos, riego presurizado, producción de biol, bocashi y compost, además de crianza tecnificada de cuyes y aves.
El enfoque busca que las familias no dependan exclusivamente de insumos externos y puedan incorporar prácticas productivas que se adapten a sus recursos disponibles.
Los conocimientos locales también son fundamentales
La implementación de un biohuerto no significa reemplazar las prácticas agrícolas tradicionales por tecnologías externas.
En las comunidades rurales peruanas existe un amplio conocimiento sobre los ciclos agrícolas, las variedades de cultivos, las condiciones del suelo y las características climáticas de cada territorio.
Por ello, la asistencia técnica de programas como Haku Wiñay busca adaptarse a las características productivas, ambientales y culturales de las familias.
Un ejemplo de este enfoque son los yachachiq, término utilizado para referirse a los llamados “maestros del campo”, quienes transmiten conocimientos y acompañan a las familias durante la implementación de tecnologías productivas.
Foncodes ha señalado que estos agentes cumplen un papel importante en la asistencia técnica y que su conocimiento del territorio y de las prácticas locales facilita la adopción de nuevas tecnologías.
Mujeres y niños también participan
Los biohuertos pueden convertirse además en espacios de aprendizaje y participación familiar.
En algunas experiencias documentadas por el Midis, la participación no se limita a los adultos responsables del hogar. Los niños y adolescentes también se involucran en actividades relacionadas con la siembra, cuidado y cosecha.
En el caso de Cantu, Áncash, los responsables del biohuerto destacaron la importancia de involucrar a los menores para que puedan adquirir conocimientos que permitan mantener estos espacios productivos en el futuro.
La participación de las mujeres también puede tener una dimensión económica. Una evaluación de una experiencia vinculada con el modelo Haku Wiñay en Apurímac encontró que la venta de hortalizas y animales menores podía generar pequeños ingresos y contribuir a reducir la dependencia económica de algunas mujeres respecto de sus parejas.
Más que producir verduras: una estrategia contra la vulnerabilidad
El verdadero alcance de los biohuertos se encuentra en que forman parte de una estrategia que intenta abordar varias vulnerabilidades simultáneamente.
Una familia rural puede enfrentar al mismo tiempo bajos ingresos, dificultades para acceder a mercados, escasez de agua, condiciones climáticas extremas y una limitada disponibilidad de alimentos frescos.
Un biohuerto por sí solo no resuelve todos estos problemas. Sin embargo, combinado con sistemas de riego, almacenamiento de agua, crianza de animales menores, capacitación y emprendimientos, puede contribuir a reducir parte de esas vulnerabilidades.
La experiencia reciente de Haku Wiñay muestra precisamente ese enfoque integral.
En Ayacucho, Foncodes reportó en julio de 2026 que durante una década el programa había invertido S/ 149,5 millones en 177 proyectos productivos, beneficiando a comunidades rurales y altoandinas de la región. La intervención incluye biohuertos familiares, módulos de crianza tecnificada y mejoras en los espacios productivos de las viviendas.
El desafío de la sostenibilidad
Uno de los grandes retos de este tipo de programas es conseguir que los biohuertos continúen funcionando una vez que termina una etapa de acompañamiento institucional.
Para que sean sostenibles, las familias necesitan disponer de agua, semillas, herramientas, conocimientos técnicos y capacidad para mantener los cultivos.
También resulta importante que la producción tenga una utilidad concreta para los hogares. Si las familias pueden consumir una parte de las cosechas y vender otra, el biohuerto puede convertirse en una actividad con incentivos económicos para mantenerse en el tiempo.
Por ello, el componente de capacitación resulta tan importante como la infraestructura.
La experiencia del proyecto Haku Wiñay demuestra que el objetivo es que las familias adquieran capacidades que puedan utilizar más allá de una intervención puntual.
Una apuesta por la seguridad alimentaria desde las comunidades
Las experiencias impulsadas por el Midis muestran que la seguridad alimentaria en las zonas rurales del Perú requiere soluciones adaptadas a cada territorio.
En las comunidades altoandinas, donde el frío, la altitud y la disponibilidad de agua pueden limitar la agricultura, los biohuertos familiares, los fitotoldos y los sistemas de riego ofrecen herramientas para ampliar las posibilidades de producción.
Los resultados no deben medirse únicamente por el número de huertos instalados. También es necesario observar si las familias mantienen los cultivos, si mejora la diversidad de su alimentación, si disminuye su dependencia de determinados productos comprados y si logran generar ingresos adicionales.
En ese sentido, los biohuertos constituyen una pieza dentro de una estrategia más amplia.
El trabajo de Foncodes mediante Haku Wiñay, junto con otras intervenciones del Midis y las alianzas con gobiernos regionales, municipios y organizaciones locales, busca que las familias rurales no sean únicamente receptoras de asistencia, sino que desarrollen herramientas para producir, administrar sus recursos y generar sus propios medios de vida.
En un país con una geografía tan diversa como Perú, fortalecer la agricultura familiar en las zonas de montaña puede convertirse en una herramienta importante para enfrentar la inseguridad alimentaria y las consecuencias de un clima cada vez más variable.
La apuesta, por tanto, no consiste simplemente en cultivar más verduras. Se trata de acercar alimentos frescos a las familias, aprovechar mejor el agua y los recursos disponibles, fortalecer conocimientos productivos y crear oportunidades económicas en comunidades que durante décadas han enfrentado algunas de las mayores brechas sociales y geográficas del país.