La guerra en Sudán, que ya ha dejado más de 140.000 muertos y una de las peores crisis humanitarias del planeta, no solo enfrenta a las Fuerzas Armadas Sudanesas (FAS) y a las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR): también refleja la intensa pugna de potencias extranjeras por influencia y recursos estratégicos en el Cuerno de África.
Desde su estallido en abril de 2023, el conflicto se ha mantenido gracias al apoyo externo que ambas partes reciben. Analistas coinciden en que, sin este respaldo, la guerra no habría podido prolongarse. Mientras las FAR dominan vastas zonas del país y sus yacimientos de oro, las FAS conservan el control institucional y buscan legitimidad internacional.
Los Emiratos Árabes Unidos y el oro de Darfur
Los Emiratos Árabes Unidos (EAU) han sido señalados por la ONU y organizaciones de derechos humanos como uno de los principales proveedores de armamento a las Fuerzas de Apoyo Rápido, aunque Abu Dabi niega categóricamente esas acusaciones y las califica de “campañas de desinformación” impulsadas por el ejército sudanés.
Sin embargo, investigaciones independientes han detectado suministros militares de origen emiratí en manos de las FAR, así como rutas de contrabando a través de Libia, Chad y Uganda. Según Hager Ali, investigador del Instituto Alemán de Estudios Globales y Regionales (GIGA), los EAU utilizan el oro sudanés, controlado en gran parte por las FAR, como medio indirecto de financiación y de influencia en la región.
“Las armas que circulan hoy en Sudán provienen de múltiples proveedores y atraviesan todo el Sahel. Incluso el Grupo Wagner ha facilitado su transporte al país”, afirma Ali.
Egipto: un muro contra el caos fronterizo
En el otro bando, Egipto se ha consolidado como el aliado más firme de las Fuerzas Armadas Sudanesas y del general Abdel Fatah al Burhan, a quien reconoce como el gobernante legítimo del país. Informes del Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW) sostienen que El Cairo ha entrenado pilotos y proporcionado drones a las FAS, aunque el gobierno egipcio lo niega.
Su prioridad, explican los analistas, es evitar la expansión del conflicto hacia su frontera sur y reducir el flujo de refugiados, que ya supera el millón de personas.
Irán y Turquía: el interés por el Mar Rojo
El régimen iraní también apoya a las FAS, con el objetivo estratégico de asegurar una base naval en el Mar Rojo. Esto permitiría a Teherán reforzar sus operaciones de apoyo a los hutíes de Yemen, para quienes Sudán se ha convertido en un punto logístico clave.
Por su parte, Turquía ha suministrado drones y misiles al ejército sudanés, motivada por el mismo interés geopolítico: mantener una presencia militar y económica en el Mar Rojo, una de las rutas marítimas más importantes del mundo.
Rusia: un papel limitado pero calculado
Aunque su implicación directa es menor, Rusia mantiene intereses en la exportación de oro y en el control del puerto de Puerto Sudán. Según Achim Vogt, director para Uganda y Sudán de la Fundación Friedrich Ebert, Moscú “ha dejado claro que no pretende involucrarse militarmente, pues considera el conflicto un asunto interno sudanés”.
Una guerra sostenida desde fuera
Mientras tanto, la población civil continúa siendo la principal víctima. En ciudades como El Fasher, en Darfur, se reportan masacres y desplazamientos masivos, mientras la ayuda humanitaria apenas logra ingresar.
Con la mitad de los 51 millones de sudaneses dependiendo de asistencia internacional, la pregunta que crece entre diplomáticos y observadores es si las potencias involucradas están realmente interesadas en detener el conflicto o simplemente en asegurar sus propios intereses estratégicos.