El hormigón ecológico se ha convertido en una de las líneas de investigación más prometedoras para reducir el impacto climático de la industria de la construcción. En los Países Bajos, universidades y centros de investigación, entre ellos grupos vinculados a la Universidad Tecnológica de Delft (TU Delft), han estudiado procesos de carbonatación activa, una técnica que introduce dióxido de carbono en determinadas etapas de producción y curado para que este reaccione químicamente con los componentes minerales del material. El objetivo es doble: almacenar parte del CO₂ en una forma estable y, en determinadas formulaciones, mejorar algunas propiedades del hormigón.
La idea resulta especialmente relevante en un momento en el que el cemento y el hormigón se encuentran bajo presión para reducir su huella ambiental. Sin embargo, detrás de titulares que hablan de un material capaz de “comerse” el carbono del aire existe un proceso químico complejo y una importante precisión: no todo el hormigón que absorbe CO₂ lo hace directamente de la atmósfera a gran escala, ni toda tecnología de curado con CO₂ garantiza automáticamente un beneficio climático neto.
La investigación neerlandesa y los avances internacionales muestran, precisamente, que el futuro del hormigón bajo en carbono dependerá de combinar captura de CO₂, nuevos aglutinantes, reducción del uso de cemento y una evaluación completa de las emisiones generadas durante todo el ciclo de vida del material.
¿Cómo puede un hormigón capturar dióxido de carbono?
El principio fundamental se conoce como carbonatación. El hormigón y otros materiales cementicios contienen compuestos alcalinos capaces de reaccionar con el dióxido de carbono. Cuando se producen las condiciones adecuadas de humedad, concentración de CO₂ y temperatura, el gas puede reaccionar con minerales presentes en el material y transformarse en compuestos sólidos, especialmente carbonatos como el carbonato de calcio.
En otras palabras, parte del CO₂ deja de estar en forma gaseosa y queda incorporado a una estructura mineral sólida.
Investigaciones recientes explican que el hormigón convencional también experimenta carbonatación de manera natural durante su vida útil. El CO₂ presente en la atmósfera puede penetrar gradualmente en sus poros y reaccionar con los compuestos alcalinos del material. Sin embargo, este proceso natural es lento y, por sí solo, tiene una capacidad limitada para compensar las enormes emisiones asociadas a la producción mundial de cemento.
Por esa razón, los investigadores trabajan en procesos de carbonatación acelerada o activa. En lugar de esperar décadas para que el CO₂ atmosférico reaccione lentamente con el material, el hormigón o algunos de sus componentes pueden exponerse a condiciones controladas que aceleran la reacción.
El papel de los laboratorios universitarios en los Países Bajos
Los Países Bajos cuentan con una larga trayectoria de investigación en materiales de construcción sostenibles. En el entorno académico de TU Delft, por ejemplo, se ha estudiado la denominada Active Carbonation technology, o tecnología de carbonatación activa, como una posible vía para incorporar CO₂ durante la producción del hormigón y, al mismo tiempo, contribuir a su almacenamiento.
Un análisis desarrollado en la universidad neerlandesa señala que el uso de dióxido de carbono durante la producción del concreto puede funcionar como método de secuestro de carbono y, dependiendo del proceso y de la formulación, contribuir al desarrollo de mejores propiedades mecánicas. La investigación también identificó que el principal desafío no es únicamente científico: existen barreras relacionadas con la transferencia de conocimiento, la creación de mercados y la adopción industrial de estas tecnologías.
Esto significa que el desarrollo de un hormigón ecológico no termina cuando una reacción funciona dentro de un laboratorio. Para que una innovación tenga un impacto real debe ser escalable, económicamente viable, cumplir las normas de seguridad y resistencia estructural y demostrar que, considerando todo el proceso de producción, realmente reduce las emisiones.
La propia investigación neerlandesa sobre hormigones ecológicos también ha explorado otras estrategias, como la optimización de la composición del material para utilizar menos cemento. Experimentos y proyectos demostrativos relacionados con esta línea de trabajo han mostrado que es posible reducir significativamente el contenido de cemento y, con ello, disminuir las emisiones asociadas al producto final, manteniendo las propiedades necesarias para su utilización.
No se trata simplemente de “absorber CO₂ del aire”
Uno de los aspectos más importantes para entender esta tecnología es diferenciar entre captura directa del CO₂ presente en el aire y uso de corrientes de CO₂ concentradas durante el proceso de fabricación.
La concentración de dióxido de carbono en la atmósfera es relativamente baja, alrededor de 420 partes por millón, según la literatura científica reciente. Esto hace que la absorción natural sea mucho más lenta que los procesos industriales en los que se utiliza una corriente con una concentración de CO₂ superior.
Por ello, muchas tecnologías actuales de curado con carbono no dependen exclusivamente del aire ambiente. En algunos sistemas, el CO₂ puede proceder de procesos industriales, instalaciones de captura de carbono o corrientes gaseosas concentradas. Posteriormente, ese dióxido de carbono se introduce en cámaras o condiciones controladas para acelerar su reacción con el material.
La diferencia es importante porque afirmar que cualquier bloque de hormigón “limpia directamente la atmósfera” puede resultar engañoso. La tecnología puede capturar y mineralizar carbono, pero la cantidad, la fuente del CO₂ y el balance ambiental completo dependen de cada proceso específico.
¿Por qué el cemento es uno de los principales problemas?
El interés por este tipo de materiales se explica por la enorme importancia del cemento en la construcción moderna.
El cemento es uno de los ingredientes fundamentales del hormigón convencional y su producción requiere procesos industriales intensivos en energía. Además, una parte de las emisiones procede directamente de las reacciones químicas necesarias para transformar la piedra caliza en los componentes que posteriormente se utilizan para fabricar cemento.
Por esta razón, reducir la cantidad de cemento utilizada en una mezcla puede ser tan importante como capturar CO₂ durante el curado.
La investigación sobre hormigón ecológico está siguiendo varias estrategias simultáneas: sustituir parcialmente el cemento por otros materiales, optimizar la composición de las mezclas, reutilizar residuos industriales y de construcción, desarrollar nuevos aglutinantes y utilizar la carbonatación para almacenar una parte del dióxido de carbono.
En una investigación asociada a la Universidad Tecnológica de Delft sobre diseño de concreto ecológico, se concluyó que determinados métodos de optimización podían reducir en más del 50 % el uso de cemento en ciertas mezclas experimentales, con una reducción aproximada del 25 % en las emisiones de CO₂, manteniendo requisitos adecuados de desempeño.
El CO₂ puede convertirse en parte del material
Una de las características más interesantes de la carbonatación es que el dióxido de carbono no tiene por qué permanecer simplemente atrapado dentro de una cámara o almacenado como gas.
Cuando reacciona con determinados minerales, puede convertirse en carbonatos sólidos. Este proceso recibe el nombre de mineralización del carbono.
Desde el punto de vista climático, esta característica resulta atractiva porque el carbono puede permanecer incorporado químicamente al material durante largos periodos. Estudios sobre tecnologías de utilización de CO₂ en concreto han señalado precisamente el potencial de formar carbonatos estables y almacenar carbono durante la vida útil de las infraestructuras.
Además, la carbonatación controlada puede modificar la microestructura del material. Dependiendo de la composición, los productos de la reacción pueden contribuir a densificar ciertas estructuras internas y mejorar características como la resistencia a compresión.
Sin embargo, los resultados no son idénticos para todas las formulaciones. Un exceso de CO₂, condiciones inadecuadas de humedad o una mala optimización del proceso pueden afectar negativamente la reacción o el comportamiento del material.
Una investigación publicada en 2026 sobre el curado temprano con CO₂ encontró que variables como la temperatura, la humedad relativa y la concentración de dióxido de carbono influyen directamente tanto en la captura de carbono como en el desarrollo de la resistencia mecánica. El estudio también observó que una cantidad excesiva de CO₂ o determinadas condiciones de humedad pueden reducir la eficiencia de la carbonatación.
La tecnología todavía enfrenta importantes desafíos
Aunque el concepto de un hormigón que captura carbono resulta prometedor, los investigadores advierten que no basta con medir únicamente la cantidad de CO₂ absorbida por el material.
Para determinar si una tecnología es realmente beneficiosa para el clima es necesario analizar todo su ciclo de vida.
Esto incluye preguntas como:
- ¿De dónde procede el dióxido de carbono utilizado?
- ¿Cuánta energía se necesita para capturarlo y transportarlo?
- ¿Cuánta electricidad consume el proceso de curado?
- ¿Es necesario utilizar más cemento para compensar cambios en la resistencia?
- ¿Cuánto CO₂ queda realmente almacenado de manera estable?
- ¿Las emisiones evitadas son mayores que las emisiones generadas por el propio proceso?
Una investigación publicada en Nature Communications analizó numerosos conjuntos de datos sobre utilización de CO₂ en el curado y mezclado del concreto y advirtió que el beneficio climático neto no está garantizado. El estudio concluyó que, en determinadas condiciones, las emisiones asociadas a la captura, el transporte y la utilización del dióxido de carbono, así como posibles cambios en la cantidad de material necesaria, pueden reducir o incluso eliminar la ventaja ambiental esperada.
Por ello, la investigación actual no presenta el hormigón ecológico como una solución milagrosa, sino como una herramienta que debe diseñarse cuidadosamente.
Un nuevo estudio pone límites a la captura pasiva desde la atmósfera
La cautela científica se ha reforzado con investigaciones recientes sobre la capacidad del hormigón para absorber CO₂ directamente del aire.
Un estudio publicado en julio de 2026 en Communications Sustainability analizó la carbonatación ambiental, es decir, la absorción pasiva del dióxido de carbono atmosférico por el hormigón. Sus conclusiones indican que este mecanismo, aunque existe, representa una contribución limitada frente a las enormes emisiones generadas durante la producción del cemento.
El hallazgo no significa que la carbonatación sea inútil. Lo que plantea es que la absorción pasiva del CO₂ atmosférico no puede considerarse, por sí sola, una solución suficiente para neutralizar la huella de carbono de la industria cementera.
La diferencia entre esa absorción lenta y los sistemas de carbonatación activa es fundamental. Las tecnologías industriales y de laboratorio intentan acelerar y controlar la reacción para conseguir una mayor incorporación de CO₂, mientras que la exposición normal al aire ocurre a una velocidad mucho menor.
Del laboratorio a las ciudades
Si estas tecnologías logran superar los desafíos de escalabilidad, el hormigón ecológico podría utilizarse en múltiples aplicaciones: bloques prefabricados, elementos de construcción, pavimentos y otros componentes en los que sea posible controlar con precisión el proceso de curado.
Los materiales prefabricados podrían representar una oportunidad especialmente interesante, ya que pueden fabricarse en instalaciones industriales donde las condiciones de temperatura, humedad y concentración de CO₂ son más fáciles de controlar que en una obra convencional.
El potencial también está relacionado con la economía circular. Los investigadores estudian la posibilidad de utilizar residuos procedentes de la demolición de edificios y otras industrias como materias primas. Algunos de estos materiales contienen compuestos minerales capaces de participar en procesos de carbonatación.
En los Países Bajos, la investigación sobre el sistema del hormigón ha señalado que el desarrollo tecnológico debe ir acompañado de cambios en el mercado, las normas y la cadena de suministro para que las soluciones basadas en carbonatación activa puedan avanzar desde la experimentación hacia aplicaciones comerciales.
Un futuro con menos cemento y más captura de carbono
El escenario más realista no parece ser la creación de un único “superhormigón” capaz de resolver por sí mismo el problema climático de la construcción.
La transformación del sector probablemente dependerá de una combinación de tecnologías: utilizar menos cemento, fabricar cementos con menor intensidad de carbono, aumentar la reutilización de materiales, mejorar la eficiencia de los edificios y aprovechar procesos de mineralización capaces de incorporar CO₂ de forma estable.
En ese contexto, el hormigón ecológico desarrollado y estudiado en laboratorios universitarios representa una pieza importante de un cambio mucho más amplio.
La gran promesa está en convertir uno de los materiales más utilizados del planeta en una herramienta capaz no solo de reducir sus propias emisiones, sino también de utilizar parte del dióxido de carbono como materia prima.
Sin embargo, la evidencia científica también deja claro que la verdadera medida del éxito no será únicamente cuánto CO₂ puede absorber una muestra dentro de un laboratorio. El desafío será demostrar que el sistema completo —desde la obtención de las materias primas hasta la fabricación, el curado, el transporte y la vida útil de la estructura— ofrece una reducción real y verificable de las emisiones.
La carrera por desarrollar nuevos materiales de construcción continúa, y los avances en carbonatación activa, mineralización y reducción del uso de cemento sitúan al hormigón ecológico entre las tecnologías con mayor potencial para transformar la industria. El objetivo ya no es únicamente construir estructuras más resistentes: también es construir sin aumentar, en la misma medida, la carga de carbono que la infraestructura moderna deja sobre el planeta.